Hay una pregunta que atraviesa cada aula donde hoy se habla de inteligencia artificial y que casi nunca se formula en voz alta: ¿estamos frente a la herramienta más poderosa que creó la humanidad o frente a una amenaza existencial? The AI Doc: Or How I Became an Apocaloptimist, el documental de Daniel Roher (ganador del Oscar por Navalny) y Charlie Tyrell que llegó a Netflix tras su estreno en Sundance, tiene la virtud de no elegir. Y esa negativa a cerrar la pregunta es, precisamente, lo que lo vuelve valioso como material de enseñanza.
Un punto de partida personal
El dispositivo narrativo es simple: Roher está por convertirse en padre y quiere entender qué mundo heredará su hijo. Con esa excusa recorre las oficinas de quienes están construyendo la tecnología (Sam Altman e Ilya Sutskever de OpenAI, Demis Hassabis y Shane Legg de DeepMind, Dario y Daniela Amodei de Anthropic) y también las de quienes la critican desde adentro y desde afuera: Yoshua Bengio, Timnit Gebru, Emily Bender, Eliezer Yudkowsky, Yuval Noah Harari, Tristan Harris.
Lo interesante para quienes enseñamos comunicación es que el documental no funciona como un debate con ganador. Funciona como un mapa de discursos. Cada entrevistado trae su propio marco: el tecnólogo que anuncia que «los sistemas realmente poderosos ya vienen, y vienen pronto», el investigador que habla de «exterminio abrupto», el ejecutivo que admite ante cámara que no está seguro de que todo vaya a salir bien. Puestos uno al lado del otro, esos marcos revelan algo que ningún paper de la industria muestra: cómo se construye retóricamente el futuro.
Ni pesimismo ni entusiasmo ingenuo
El neologismo del título, apocaloptimista, condensa la tesis de Roher. Se trata de sostener al mismo tiempo la conciencia del riesgo y la posibilidad de un desenlace positivo, sin refugiarse en ninguno de los dos polos. La crítica ha señalado que el resultado es deliberadamente desconcertante: uno sale de la sala sin conclusiones firmes, y el aspecto más inquietante no es la tecnología en sí sino que su rumbo dependa del criterio de un puñado de directivos corporativos.
Quienes trabajamos con estas herramientas todos los días tendemos a adoptar, sin notarlo, el vocabulario del entusiasmo: eficiencia, escala, personalización. El documental obliga a preguntarse quién produce ese vocabulario y con qué intereses.